La resiliencia psicológica se ha convertido en un concepto clave para comprender cómo las personas enfrentan la adversidad y logran adaptarse positivamente. A lo largo de las últimas décadas, la literatura científica ha explorado su definición, sus bases teóricas y su aplicación en diversos contextos, aunque aún existen debates sobre su naturaleza y alcance. Este artículo revisa y sintetiza las principales perspectivas teóricas sobre la resiliencia. Se abordan sus orígenes, su desarrollo conceptual, las diferencias entre modelos individuales y ecológicos, así como las críticas contemporáneas sobre su uso en la psicología actual. Finalmente, se discuten los aportes y desafíos para avanzar hacia una comprensión más integrada y contextualizada de la resiliencia.
Introducción
La resiliencia ha sido uno de los conceptos más discutidos dentro de la psicología contemporánea. Desde sus primeras apariciones en los años setenta, el término ha evolucionado desde la idea de “invulnerabilidad” frente a la adversidad hacia una concepción más dinámica, que reconoce la interacción entre factores personales, familiares y sociales (Toland & Carrigan, 2011). Hoy en día, la resiliencia se entiende como un proceso complejo de adaptación positiva ante experiencias adversas, aunque su definición precisa varía según el enfoque teórico adoptado (Fletcher & Sarkar, 2013).
El interés por estudiar la resiliencia surge de la necesidad de explicar por qué algunas personas, a pesar de vivir situaciones difíciles o traumáticas, logran mantener un funcionamiento psicológico saludable o incluso crecer a partir de la experiencia. Este fenómeno no solo se ha observado en individuos, sino también en grupos, comunidades y sistemas sociales. Sin embargo, a pesar del gran número de investigaciones, persisten discrepancias en su definición, en los métodos para medirla y en las implicaciones éticas y sociales de su uso (Schwarz, 2018).
El presente trabajo tiene como propósito revisar y comparar las principales concepciones de la resiliencia psicológica presentes en la literatura especializada. Para ello, se utilizaron cinco artículos fundamentales que abordan la resiliencia desde perspectivas complementarias: conceptual, evolutiva, crítica y aplicada. La revisión busca ofrecer una comprensión clara y actualizada del término, sus dimensiones y su relevancia para la práctica psicológica contemporánea.
Orígenes y desarrollo histórico del concepto
Los primeros estudios sobre resiliencia se centraron en la observación de niños que lograban un desarrollo adecuado a pesar de crecer en contextos adversos, como pobreza, enfermedad mental parental o violencia (Luthar, Lyman & Crossman, 2014). Investigadores como Garmezy, Werner y Rutter destacaron que algunos niños parecían “invulnerables”, mostrando competencias sociales y emocionales notables pese a los riesgos. Sin embargo, este término fue posteriormente reemplazado por “resiliencia”, reconociendo que no se trataba de una cualidad fija, sino de un proceso cambiante y contextual (Toland & Carrigan, 2011).
Durante los años ochenta y noventa, el concepto se amplió hacia un enfoque más ecológico. Se dejó de considerar la resiliencia como un rasgo individual y comenzó a entenderse como una interacción entre características personales, familiares y ambientales. Este cambio marcó el paso de una visión estática a una dinámica, en la que la adaptación positiva depende de múltiples factores en constante interacción (Fletcher & Sarkar, 2013).
En las últimas décadas, la resiliencia se ha extendido a diferentes campos de estudio, como la psicología educativa, la salud mental, el trabajo organizacional y la psicología positiva. No obstante, esta expansión ha traído también problemas conceptuales, como la falta de consenso en su definición y la tendencia a sobreutilizar el término en contextos donde su aplicación puede resultar superficial (Schwarz, 2018).
Además, investigaciones recientes como la de Sisto et al. (2019) muestran que el desarrollo histórico del concepto de resiliencia refleja también un cambio cultural más amplio en la comprensión del ser humano. Mientras que en sus inicios la resiliencia se asociaba principalmente con la superación de traumas o desastres, hoy se entiende como un proceso de construcción de sentido y crecimiento personal ante los desafíos cotidianos. Esta evolución evidencia una transición desde un enfoque clínico centrado en la recuperación hacia una perspectiva más existencial y proactiva, que reconoce la capacidad humana de transformar la adversidad en una oportunidad de desarrollo y redefinición del propio propósito vital.
Definiciones y elementos centrales de la resiliencia
A pesar de las múltiples aproximaciones, la mayoría de los autores coinciden en que la resiliencia incluye dos elementos fundamentales: la presencia de adversidad significativa y una adaptación positiva o funcional frente a ella (Luthar et al., 2014; Fletcher & Sarkar, 2013; Sisto et al., 2019). Esto implica que no se puede hablar de resiliencia sin la existencia de una situación de riesgo real, ni tampoco sin evidencia de un resultado favorable posterior.
Fletcher y Sarkar (2013) sostienen que la resiliencia psicológica se basa en la interacción de características individuales y contextuales que permiten a la persona afrontar el estrés de manera adaptativa. Estos autores destacan que la resiliencia no debe confundirse con la simple ausencia de daño, sino que implica una respuesta activa y positiva ante la dificultad. Además, proponen diferenciarla de conceptos cercanos como la fortaleza, el afrontamiento o la competencia, enfatizando su carácter procesual y situacional.
Por su parte, Luthar et al. (2014) definen la resiliencia como un proceso o fenómeno que refleja una adaptación relativamente positiva a pesar de la exposición a riesgos o traumas significativos. Esta definición se apoya en la investigación en psicopatología del desarrollo y resalta que la resiliencia nunca es absoluta ni permanente; puede variar con el tiempo y entre diferentes dominios de la vida. Por ejemplo, un individuo puede mostrar resiliencia académica pero no emocional, lo que evidencia su carácter contextual.
Desde una perspectiva más integradora, Sisto et al. (2019) realizaron una revisión de más de cien definiciones de resiliencia y propusieron una visión transversal del concepto. Según estos autores, la resiliencia puede entenderse como la capacidad de mantener la orientación hacia los propios propósitos existenciales, superando dificultades con perseverancia, conciencia de sí mismo y coherencia interna. Esta definición busca superar las divisiones entre enfoques que la consideran un rasgo o un proceso, proponiendo que ambos aspectos coexisten e interactúan.
Toland y Carrigan (2011), al analizar la resiliencia en el contexto educativo, destacan que esta no es un rasgo de personalidad, sino el resultado de procesos dinámicos entre factores de riesgo y de protección. Su enfoque se basa en el modelo ecológico de Bronfenbrenner, donde el desarrollo humano depende de la interacción entre el individuo y sus múltiples entornos (familia, escuela, comunidad). En consecuencia, la intervención debe centrarse tanto en fortalecer recursos personales como en mejorar las condiciones del entorno.
Modelos teóricos de la resiliencia
Modelo ecológico y de factores protectores
El modelo ecológico propuesto por Bronfenbrenner e incorporado por Toland y Carrigan (2011) ofrece una estructura útil para comprender la resiliencia como un equilibrio entre factores de riesgo y factores protectores. Los factores de riesgo aumentan la probabilidad de dificultades, mientras que los factores protectores ayudan a amortiguar los efectos negativos del estrés. Entre estos factores se incluyen las habilidades personales, las redes de apoyo social, el sentido de pertenencia y las oportunidades educativas.
Fletcher y Sarkar (2013) amplían esta visión y describen la resiliencia como la interacción entre características psicológicas (por ejemplo, autoeficacia, optimismo o regulación emocional) y las condiciones del entorno. Así, la resiliencia puede fortalecerse mediante la creación de contextos que favorezcan el afrontamiento positivo y la percepción de control.
Modelo procesual
Luthar et al. (2014) subrayan que la resiliencia es un proceso que se desarrolla a lo largo del tiempo. No es un estado permanente, sino una trayectoria que puede incluir recaídas y avances. Este modelo enfatiza la importancia de estudiar los mecanismos de cambio y las condiciones que permiten a las personas “rebotar” después de experiencias negativas. Además, diferencia la resiliencia de la competencia, ya que esta última no presupone la existencia de adversidad, mientras que la resiliencia sí.
Modelo transversal
Sisto et al. (2019) proponen una definición transversal que combina las perspectivas anteriores. Para ellos, la resiliencia implica la capacidad de mantener la orientación hacia metas vitales a pesar de las dificultades. Este modelo integra tanto los aspectos internos (motivación, autoconocimiento) como los externos (apoyo social, sentido de pertenencia), ofreciendo una comprensión holística del fenómeno.
Críticas contemporáneas al concepto de resiliencia
Aunque la resiliencia ha sido ampliamente promovida como una cualidad deseable, diversos autores han señalado riesgos en su interpretación. Schwarz (2018) plantea una crítica profunda desde un enfoque marxista y foucaultiano, argumentando que la psicología occidental ha adoptado una visión neoliberal y descontextualizada de la resiliencia. Según esta autora, la idea de que cada individuo debe “ser resiliente” puede desplazar la responsabilidad social hacia las personas, ignorando las causas estructurales del sufrimiento y la desigualdad.
Desde esta perspectiva, el discurso de la resiliencia podría reforzar relaciones de poder injustas al presentar la adaptación como un deber moral, en lugar de cuestionar las condiciones sociales que generan la adversidad. Schwarz (2018) sostiene que es necesario desarrollar una comprensión más contextualizada de la resiliencia, que considere los factores políticos, económicos y culturales. De este modo, se evitaría convertirla en una herramienta de control o en un ideal inalcanzable.
Estas críticas resultan valiosas porque obligan a la psicología a reflexionar sobre su papel en la sociedad y a no reducir la resiliencia a una capacidad individual. En lugar de promover la autoexigencia o la culpabilización, debería buscarse un equilibrio entre el fortalecimiento personal y la transformación de las condiciones sociales que limitan el bienestar.
Aplicaciones y aportes a la práctica psicológica
Toland y Carrigan (2011) destacan el valor práctico de la resiliencia en el ámbito educativo. Consideran que los psicólogos pueden aplicar este enfoque en la evaluación, la intervención y la formación docente, ayudando a crear entornos que promuevan la autonomía y la autoeficacia de los estudiantes. En esta línea, el objetivo no es identificar a los “niños resilientes”, sino diseñar contextos que favorezcan el desarrollo de la resiliencia en todos.
Fletcher y Sarkar (2013) aplican el concepto en contextos de alto rendimiento, como el deporte, mostrando que la resiliencia se relaciona con la capacidad de afrontar la presión y mantener un desempeño óptimo. Sus hallazgos subrayan la importancia de la autoevaluación cognitiva y emocional en la regulación del estrés.
Por su parte, Sisto et al. (2019) proponen que la resiliencia puede promoverse mediante programas de entrenamiento psicológico que fortalezcan la perseverancia, la conciencia de sí mismo y el sentido de propósito vital. Estos elementos no solo ayudan a enfrentar crisis puntuales, sino que fomentan un desarrollo personal más coherente y equilibrado.
En conjunto, estas perspectivas coinciden en que la resiliencia no es una condición exclusiva de ciertos individuos, sino una capacidad potencialmente desarrollable. Requiere, sin embargo, condiciones ambientales que la favorezcan y un acompañamiento profesional sensible al contexto.
Conclusiones
La resiliencia psicológica es un constructo complejo y multidimensional que ha evolucionado notablemente a lo largo de las últimas décadas. De acuerdo con la revisión realizada, existen coincidencias básicas entre los autores analizados: todos reconocen que la resiliencia implica enfrentar la adversidad y lograr una adaptación positiva, y que este proceso es dinámico, contextual y variable.
Los aportes de Fletcher y Sarkar (2013) y Luthar et al. (2014) resultan esenciales para delimitar sus componentes conceptuales y metodológicos, mientras que Sisto et al. (2019) contribuyen con una visión integradora que busca unificar las múltiples definiciones existentes. Toland y Carrigan (2011) demuestran su aplicabilidad en el ámbito educativo, ofreciendo una mirada ecológica que vincula lo individual y lo social. Finalmente, Schwarz (2018) plantea una crítica necesaria, recordando que la resiliencia no puede entenderse sin considerar las estructuras de poder y desigualdad que moldean la experiencia humana.
En síntesis, la resiliencia debe concebirse no como una simple fortaleza individual, sino como un proceso relacional y contextual que involucra recursos personales, vínculos sociales y condiciones culturales. Promover la resiliencia implica no solo enseñar a las personas a “resistir”, sino también a transformar sus entornos para construir vidas más justas y significativas.
A partir de esta revisión, se hace evidente la necesidad de continuar investigando la resiliencia desde una perspectiva integradora que combine el estudio de los mecanismos psicológicos individuales con los factores sociales y culturales que los sostienen. Como señalan Sisto et al. (2019) y Luthar et al. (2014), comprender la resiliencia requiere observar cómo las personas se adaptan no solo por sus propias capacidades, sino también gracias a los sistemas de apoyo que las rodean. Fomentar políticas educativas, comunitarias y de salud mental que fortalezcan dichos sistemas puede ser el paso más importante para transformar la resiliencia de un ideal individual a una práctica colectiva que promueva el bienestar y la equidad.
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Bibliografía:
- Fletcher, D., & Sarkar, M. (2013). Psychological resilience. European psychologist.
- Luthar, S. S., Lyman, E. L., & Crossman, J. (2014). Resilience and positive psychology. In Handbook of developmental psychopathology (pp. 125-140). Boston, MA: Springer US.
- Schwarz, S. (2018). Resilience in psychology: A critical analysis of the concept. Theory & psychology, 28(4), 528-541.
- Sisto, A., Vicinanza, F., Campanozzi, L. L., Ricci, G., Tartaglini, D., & Tambone, V. (2019). Towards a transversal definition of psychological resilience: a literature review. Medicina, 55(11), 745.
- Toland, J., & Carrigan, D. (2011). Educational psychology and resilience: New concept, new opportunities. School Psychology International, 32(1), 95-106.
Xavier López Arruebo (Psicólogo Residente en kasasrurales)
Grado en Psicología (Universidad Ramon Llull, Blanquerna)
Máster Universitario en Psicología General Sanitaria (Unuversidad Ramon Llull, Blanquerna)