El trauma infantil se ha reconocido como un factor de vulnerabilidad significativo para el desarrollo de síntomas somáticos y dolor crónico en la adultez. Diversos estudios recientes destacan cómo la exposición temprana a abuso, negligencia o disfunción familiar altera la regulación emocional, los sistemas neurobiológicos del estrés y la percepción del dolor. Este artículo revisa la evidencia científica contemporánea sobre la relación entre trauma infantil, somatización y dolor crónico, analizando los mecanismos psicofisiológicos implicados y proponiendo intervenciones psicológicas basadas en la evidencia —como la terapia cognitivo-conductual (TCC), el EMDR y el mindfulness— que han mostrado eficacia en el tratamiento de estos cuadros. Se pretende ofrecer una visión integradora que permita comprender el impacto del trauma temprano en la salud física y psicológica de los adultos, así como las rutas de abordaje terapéutico más efectivas.
Palabras clave: trauma infantil, somatización, dolor crónico, psicología, intervención terapéutica.
Abstract
Childhood trauma has been recognized as a major vulnerability factor for the development of somatic symptoms and chronic pain in adulthood. Recent studies highlight how early exposure to abuse, neglect, or family dysfunction alters emotional regulation, stress neurobiology, and pain perception. This article reviews current scientific evidence on the relationship between childhood trauma, somatization, and chronic pain, analyzing the underlying psychophysiological mechanisms and evidence-based psychological interventions—such as Cognitive Behavioral Therapy (CBT), EMDR, and mindfulness—that have proven effective in treating these conditions. The goal is to provide an integrative understanding of the long-term impact of early trauma on physical and psychological health and to outline the most effective therapeutic approaches.
Keywords: childhood trauma, somatization, chronic pain, psychology, psychological intervention.
Introducción y definición de conceptos clave
El trauma infantil se define como cualquier experiencia emocionalmente dolorosa o amenazante sufrida durante la infancia que supera la capacidad del niño para afrontarla y procesarla adecuadamente. Esto incluye abuso físico, emocional o sexual, negligencia y exposición a violencia doméstica. Las experiencias traumáticas en etapas tempranas pueden alterar el desarrollo del sistema nervioso, afectando la regulación emocional y la respuesta al estrés en la adultez (Kulajda et al., 2020).
La somatización se refiere a la manifestación física de malestar psicológico, en la cual una persona experimenta síntomas corporales —como dolor, fatiga o trastornos gastrointestinales— sin una causa médica identificable. Estos síntomas expresan conflictos emocionales reprimidos o una desregulación del sistema nervioso autónomo (Nicholl et al., 2019). Ejemplos típicos son dolores musculoesqueléticos, cefaleas recurrentes, fatiga crónica, molestias gastrointestinales, etc.
Desde la psicología y la medicina psicosomática, se plantea que la somatización puede manifestar dos dimensiones: el malestar emocional que no se ha mentalizado del todo (es decir, aún no se ha transformado en pensamiento o palabra), y una sensibilización del organismo que responde con síntomas físicos.
Cuando esas expresiones somáticas se vinculan a un historial de trauma infantil, el cuerpo puede convertirse en “el lugar” donde se alberga esa memoria no elaborada. En un estudio realizado en población adulta se halló que la magnitud del trauma infantil (especialmente el abuso emocional y sexual) se asociaba con mayor carga de síntomas somáticos.
Por tanto, la somatización no es “ficción”, ni “todo en la cabeza”: es una manifestación real de que el cuerpo ha captado un desequilibrio que la mente no ha podido resolver plenamente.
El dolor crónico, por su parte, es aquel que persiste más allá de la curación esperada del tejido, generalmente más de tres meses. No se trata solo de una sensación física, sino de una experiencia compleja que involucra factores emocionales, cognitivos y sociales (Tesarz et al., 2021). En la última década, múltiples investigaciones han vinculado el trauma infantil con un mayor riesgo de padecer dolor crónico y trastornos somatomorfos en la adultez.
Relación entre trauma infantil, somatización y dolor crónico
La relación entre trauma infantil y somatización ha sido consistentemente documentada en la literatura científica. Estudios longitudinales han demostrado que los adultos que experimentaron abuso o negligencia en la infancia presentan una mayor prevalencia de síntomas somáticos, especialmente dolor musculoesquelético, cefaleas y trastornos gastrointestinales (Afari et al., 2017).
Una revisión sistemática reciente señala que el trauma infantil predice una hipersensibilidad al dolor y una mayor activación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HHA), lo que se traduce en un estado inflamatorio crónico y una percepción amplificada del dolor (Tesarz et al., 2021). Asimismo, los individuos con antecedentes traumáticos suelen desarrollar estilos de afrontamiento evitativos y dificultades en la expresión emocional, factores que incrementan la probabilidad de somatización (Nicholl et al., 2019).
Un metaanálisis publicado en Pain Reports encontró que las personas con historial de trauma infantil tenían el doble de riesgo de desarrollar dolor crónico generalizado en comparación con aquellas sin antecedentes traumáticos (Anda et al., 2018).
Numerosas investigaciones han establecido una conexión sólida entre las experiencias traumáticas en la infancia y la aparición de síntomas somáticos y dolor crónico en la adultez. Este vínculo puede comprenderse desde un modelo biopsicosocial, en el que los factores biológicos, psicológicos y sociales interactúan para configurar un patrón de vulnerabilidad frente al dolor y la enfermedad.
El trauma infantil, entendido como la exposición repetida o prolongada a situaciones de abuso, negligencia o disfunción familiar, altera profundamente el desarrollo de los sistemas de regulación emocional y fisiológica. Estas alteraciones se expresan en la vida adulta en forma de síntomas físicos persistentes, hipersensibilidad corporal y mayor propensión a somatizar el estrés o las emociones no procesadas (Kuhajda et al., 2020)
Algunas investigaciones recientes aportan luz. Un estudio comunitario halló que el trauma infantil predice síntomas somáticos en adultos tanto retrospectivamente como mediante evaluación ecológica momentánea (EMA). Otro artículo señala que la investigación sobre trauma infantil, trastorno de estrés post-traumático complejo (CPTSD) y dolor crónico es aún incipiente, pero las asociaciones detectadas sugieren que hay una relación «largo plazo» entre el trauma y los resultados de dolor.También se ha observado que distintos tipos de maltrato (por ejemplo, abuso emocional, sexual, negligencia física) tienen diferente grado de impacto somático y sobre la calidad de vida.
Estas evidencias refuerzan la necesidad de que los profesionales de salud mental y física consideren el historial de trauma infantil como un factor relevante cuando trabajan con pacientes que presentan dolor crónico o síntomas recurrentes sin causa médica clara.
Mecanismos psicológicos y emocionales implicados
El vínculo entre trauma y dolor no es meramente psicológico. Diversos hallazgos neurobiológicos indican que el trauma infantil altera el desarrollo de estructuras cerebrales clave, como la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal, generando una respuesta de estrés hiperactiva y una disfunción del sistema opioide endógeno (Heim et al., 2020).
Además, el trauma puede producir sensibilización central, un fenómeno en el cual el sistema nervioso amplifica las señales de dolor, haciendo que estímulos neutros se perciben como dolorosos (Fillingim et al., 2021). A nivel emocional, las experiencias tempranas adversas fomentan una tendencia hacia la hipervigilancia corporal y la somato percepción distorsionada.
También se ha observado una relación entre trauma infantil y disfunción del sistema inmunitario, con elevación de marcadores inflamatorios como la interleucina-6 y el TNF-alfa, los cuales están implicados en la cronificación del dolor (Danese & Baldwin, 2017).
Cuando una persona no ha podido integrar emocionalmente sus vivencias traumáticas, su cuerpo puede “mantener el expediente”: molestias, tensiones, dolores que no han podido expresarse de otro modo. En este sentido, la somatización y el dolor crónico pueden pensarse como “mensajes” del cuerpo que señalan la necesidad de reparación, escucha, reconocimiento.
Además, la capacidad de mentalizar (es decir, pensar lo que sentimos) y la capacidad de vincular las sensaciones corporales con los estados emocionales condicionan cómo se experimenta el dolor.
Personas con historia de trauma infantil tienden a presentar mayor vigilancia corporal, mayor temor al dolor, menor tolerancia, lo que incrementa el riesgo de cronificación.
Desde una perspectiva terapéutica, integrar cuerpo y mente es clave: se trata de recuperar la conexión, readquirir confianza en las sensaciones, aprender a regular la tensión, el ritmo, la respiración, la activación.
Implicaciones para la práctica clínica y la atención del dolor crónico
Dada la estrecha relación entre trauma infantil, somatización y dolor crónico, hay varias implicaciones prácticas:
- Valoración del historial de trauma: En la evaluación de un paciente con dolor crónico o síntomas somáticos persistentes, es recomendable indagar sobre experiencias adversas en la infancia, con tacto, respeto y sensibilidad. Este historial aporta información sobre la vulnerabilidad y mecanismos posibles de mantenimiento del dolor.
- Enfoque integrador cuerpo-mente: Los tratamientos puramente médicos o analgésicos pueden ser insuficientes si no se abordan los componentes psicosociales y traumáticos. La terapia debe contemplar la dimensión emocional, la relación cuerpo-mente, la activación fisiológica.
- Intervenciones específicas trauma-informadas: Las terapias centradas en el trauma (por ejemplo, EMDR, Somatic Experiencing, terapia sensoriomotriz, mindfulness) pueden ayudar a procesar la vivencia traumática y liberar la carga que se mantiene en el cuerpo. Esto, a su vez, puede reducir la intensidad o frecuencia del dolor. En concreto, la sensibilización central se puede revertir en parte mediante técnicas de regulación del sistema nervioso, como la respiración, el movimiento consciente, el grounding corporal.
- Psicoeducación y autorregulación: Es importante explicar al paciente que el dolor persistente no es “imaginarse” algo, sino la manifestación de un sistema corporal que ha aprendido a estar en hipervigilancia o tensión permanente. La educación sobre la conexión entre trauma, estrés y dolor ayuda a reducir la culpa, la estigmatización y promueve la autoeficacia.
- Trabajo interdisciplinario: Idealmente, la atención debe involucrar psicólogos/as, médicos/as de dolor, fisioterapeutas, especialistas en salud mental, de modo que el abordaje sea holístico. Algunos pacientes pueden necesitar también apoyo en sueño, nutrición, actividad física adaptada, relaciones interpersonales.
- Prevención secundaria: En personas con historia conocida de trauma infantil, aunque no exista dolor crónico aún, puede tener sentido ofrecer intervenciones tempranas orientadas a la regulación emocional, al fortalecimiento de la resiliencia, a la vinculación cuerpo-mente, para reducir la probabilidad de desarrollar dolor crónico o síntomas somáticos severos.
Abordajes de intervención psicológica basados en evidencia
Las intervenciones psicológicas han demostrado eficacia en reducir tanto los síntomas somáticos como el dolor crónico asociado al trauma infantil. Entre las más respaldadas por la evidencia se encuentran:
- Terapia cognitivo-conductual (TCC): La TCC ayuda a los pacientes a identificar y modificar pensamientos y conductas desadaptativas relacionadas con el dolor y la percepción corporal. Programas de TCC centrados en el trauma han mostrado mejoras significativas en el afrontamiento del dolor y la calidad de vida (Lumley et al., 2020)
- Terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR): El EMDR permite reprocesar memorias traumáticas no integradas que contribuyen a la somatización. Estudios recientes confirman su efectividad en la reducción del dolor somático y los síntomas de estrés postraumático (Gerhardt et al., 2019).
- Mindfulness y terapias de aceptación: El entrenamiento en atención plena ayuda a modular la relación entre el cuerpo y la mente, reduciendo la reactividad al dolor y mejorando la autorregulación emocional (Garland et al., 2019).
- Terapia somática y abordajes integrativos: Modelos terapéuticos centrados en la conciencia corporal, como la Somatic Experiencing, han mostrado resultados prometedores en la restauración del equilibrio autonómico y la reducción de la tensión muscular crónica (Payne et al., 2018). La combinación de técnicas cognitivo-conductuales con estrategias de regulación somática parece ofrecer los mejores resultados, dado el carácter multidimensional del dolor crónico postraumático.
- Mitos comunes y barreras en la atención: Es importante desmontar algunos mitos que pueden limitar la adecuada atención:
- “Si las pruebas médicas no muestran daño, es psicológico”: Esto conduce a invalidar al paciente. Más bien, hay que entender que el dolor físico sin causa observable puede tener un origen multifactorial, incluido el trauma infantil.
- “El trauma ya pasó, qué tiene que ver ahora”: Esta creencia ignora los efectos a largo plazo del trauma sobre el sistema nervioso, inmune y endocrino.
- “Hablar del trauma puede empeorar el dolor”: En realidad, abordarlo de forma segura y profesional permite que el cuerpo deje de repetir el guión del dolor de supervivencia y comience a experimentar alivio.
- “No se puede hacer nada si hay dolor crónico”: Aunque el dolor persistente es un reto clínico mayor, el abordaje trauma-informed muestra que sí es posible cambiar la trayectoria sanitaria y vital de la persona.
Conclusiones
El trauma infantil constituye un determinante crítico en la aparición de síntomas somáticos y dolor crónico en la adultez. La evidencia científica reciente indica que las experiencias adversas tempranas modifican la percepción del dolor, la regulación emocional y los sistemas neuroendocrinos e inmunológicos. Los tratamientos psicológicos que integran componentes cognitivos, emocionales y corporales —como la TCC, el EMDR y el mindfulness— representan las estrategias más eficaces y respaldadas por la investigación actual.
Abordar la somatización desde una perspectiva biopsicosocial, sensible al trauma, es esencial para favorecer la recuperación integral y la prevención de la cronificación del dolor.
El vínculo entre trauma infantil, somatización y dolor crónico no es un rumbo inevitable, pero sí es una ruta frecuente en la clínica que merece atención, comprensión y acción. Las heridas que no se vieron, que no se dijeron, encuentran a veces su cauce en el cuerpo, en forma de tensión, dolor, fatiga, malestar recurrente. Sin embargo, también es importante destacar un mensaje esperanzador: la recuperación es posible. Con un enfoque que integre mente, cuerpo y emoción; con terapias que respeten la memoria del cuerpo; con redes de apoyo y herramientas para la autorregulación, se puede avanzar hacia una vida con menos dolor, mayor vitalidad y más sentido de control.
Invitar a la persona a reconectar con su cuerpo, a escucharlo sin miedo, a reconocer que el dolor puede tener una historia y que esa historia puede transformarse, es abrir el camino hacia la integración, hacia un cuerpo que ya no está en modo supervivencia permanente, sino que puede aprender a descansar, a moverse, a fluir.
En definitiva: de la adversidad temprana puede surgir dolor, pero también puede surgir transformación. Como profesionales, como pacientes, como acompañantes: vale la pena mirar de frente la historia, entender el cuerpo-mente, y caminar hacia la sanación holística.
Si usted o alguien de su entorno necesita mayor información al respecto, puede solicitar su primera sesión de acogida en el Centro de Psicología kasasrurales de Barcelona. Disponemos de un equipo de psicólogos expertos que pueden ayudarle en su caso.
Referencias Bibliográficas
Afari, N., et al. (2017). Early life stress and chronic pain: A systematic review. Pain Medicine.
Anda, R. F., et al. (2018). Adverse childhood experiences and risk for chronic pain. Pain Reports.
Danese, A., & Baldwin, J. (2017). Inflammation and childhood trauma: Pathways to chronic disease. Psychological Medicine.
Fillingim, R. B., et al. (2021). Central sensitization and trauma-related pain processing. Pain.
Garland, E. L., et al. (2019). Mindfulness-oriented recovery enhancement for chronic pain. Journal of Behavioral Medicine.
Gerhardt, A., et al. (2019). EMDR for somatic symptoms and chronic pain. European Journal of Psychotraumatology.
Heim, C., et al. (2020). Childhood trauma and brain mechanisms of pain regulation. Biological Psychiatry.
Kuhajda, M., et al. (2020). Childhood trauma and chronic pain: The mediating role of emotional regulation. Journal of Psychosomatic Research.
Lumley, M. A., et al. (2020). Cognitive-behavioral interventions for trauma-related chronic pain. Journal of Consulting and Clinical Psychology.
Nicholl, B. I., et al. (2019). Somatic symptoms and trauma exposure. Psychosomatic Medicine.
Payne, P., et al. (2018). Somatic experiencing and trauma recovery. Frontiers in Psychology.
Tesarz, J., et al. (2021). Childhood trauma and pain in adults: A systematic review. Pain Reports.
Psicóloga residente del Centro de Psicología kasasrurales
Graduada en Psicología en la Universitat Ramón Llull-Blanquerna
Máster Universitario en Psicología General Sanitaria en Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)